Política en 90

Corrupción ciudadana, causas y contexto

Oaxaca de Juárez, Oax. 23 de agosto de 2018.- México se percibe como uno de los países más corruptos del mundo. Según el último Índice de Percepción de la Corrupción, elaborado por Transparencia Internacional, ocupamos el lugar 135 de entre 180 naciones. La calificación es de 29 puntos de 100 posibles.

Como lo hemos dicho, la corrupción es un binomio entre lo público y lo privado. En otras palabras, coexiste entre las y los gobernantes o funcionarios y la ciudadanía o las empresas.

En México se han creado los Sistemas Nacional y Locales Anticorrupción que buscan, a través de una coordinación de instituciones encabezadas por comités ciudadanos, atacar el fenómeno desde la prevención hasta sus sanciones.

Sin embargo, el alcance de estos esfuerzos es minúsculo aún, ya que, además de estar arrancando, se topa con evidentes resistencias y se concentra en gran medida en el plano público. Falta mirar la otra cara de la moneda, en donde se encuentra la sociedad civil y esa cultura de la corrupción que existe en la mente de la ciudadanía y que tiene sus causas.

Según investigadores del Colegio de México, la corrupción no es algo natural con la que hayamos nacido, sino algo cultural que se construye a partir de una realidad mexicana donde predominan cinco causas.

Primero está la debilidad institucional como raíz profunda de un país en donde las reglas son frágiles y no se cumplen, incluso existen lastimosos actos de corrupción que no están tipificados como delitos graves; asimismo, permea una fuerte normalización social del fenómeno de la corrupción, es decir, para las y los mexicanos ya son normales y legítimos mecanismos tramposos que van desde adelantarse y apartar lugares en una fila hasta pagar para la agilización de trámites.

No hay que perder de vista la falta de contrapesos políticos como otra causa, ya que ni la sociedad civil ni las fuerzas políticas de oposición al Gobierno predominante fungen ese papel, de entrada porque- si no están alineadas – realmente son evidentes minorías; además, hay débiles procesos de rendición de cuentas, en donde siempre se flaquea en algún punto sin llegar a transparentarse un proceso desde que se toma una decisión pública hasta que se revisa el gasto que se derivó de ésta, casi siempre se atraviesan espacios de opacidad; finalmente, los altos niveles de impunidad o bajas sanciones hacen que, en este círculo de la corrupción, las consecuencias sean menores que los beneficios, para muestra, en el Índice Global de Impunidad en México se asegura que solamente uno de cada 100 delitos es castigado por las autoridades.

Sin duda, las barreras para terminar con la corrupción son enormes y, más allá de los esfuerzos públicos institucionales, se requiere del empuje de las sinergias privadas de la ciudadanía, sobretodo en una sociedad en donde no se privilegian distintos valores como el mérito, el orden, la cultura de la planeación y la prevención, un modelo educativo que acompañe en la teoría y la práctica estas valoraciones, y la equidad de oportunidades; y en donde, por otro lado, sí se consideran como de alta valía la pertenencia a grupos políticos, la ley del mínimo esfuerzo, la simulación política e institucional y la improvisación para sacar proyectos urgentes a muy corto plazo.

 

Jorge Oropeza. Presidente del Colegio de Profesionistas Compartir Conocimiento A.C.