Escrito por: Miguel Ángel Vásquez de la Rosa
Foto: Archivo de Félix Reyes
Oaxaca, Oax., 16 de junio de 2026.- “El tiempo es justamente el hilo filosófico-político que permite pensar los ritmos y movimientos de la insubordinación social”, escribe Raquel Gutiérrez en Los ritmos del Pachakuti (Gutiérrez, 2009). Esta concepción del tiempo no es lineal, sino cíclica y constante, lo que nos obliga a reinterpretar históricamente los acontecimientos.
El tiempo constituye una clave fundamental para comprender y construir narrativas sobre la revuelta social de 2006 en Oaxaca.
Los días previos al 14 de junio de 2006 se vivía un ambiente de mucha tensión en Oaxaca. La protesta de la Sección 22, en el primer cuadro del Centro Histórico, atravesaba por un momento de desgaste. Un sector importante del empresariado y el gobierno del Estado lanzaban campañas en contra de la manifestación de maestros adheridos a la CNTE que, año con año, se instalaba en las cuadras aledañas al Palacio de Gobierno.
Por otro lado, el gobierno de Ulises Ruiz Ortiz también había alcanzado uno de sus mayores “logros”: aglutinar una importante movilización social en su contra. No solo era la Sección 22 quien estaba en contra de las políticas autoritarias de URO; eran también feministas, artistas, clero progresista, dirigentes indígenas, ambientalistas y la sociedad civil organizada.
El 14 de junio de 2006 fue solamente la punta del iceberg de una inconformidad que se venía gestando desde años atrás. Una montaña debajo del agua.
A través de una elección fraudulenta, Ulises Ruiz se había impuesto a la mala como gobernador de Oaxaca. Así que, a mitad de 2006, el conflicto escaló y estalló.
La política interna de su gobierno estaba en manos de Jorge Franco Vargas. Un político joven todavía en aquel entonces, pero con conocida mano dura para enfrentar a los opositores. Conflictos político-electorales, agrarios, encarcelamiento de dirigentes sociales, imposición de políticas de “embellecimiento” del Centro Histórico, mercantilización de símbolos culturales como la Guelaguetza. En suma, una forma de ejercer el gobierno intolerante, autoritaria y déspota. Todo esto lastimaba a la ciudadanía.
El 14 de junio de 2006 la presión llegó a su máxima expresión. Se impuso la mano dura de Franco Vargas. Quizá fue un error de cálculo. Pensó que la sociedad iba a ver con buenos ojos el ataque y el desalojo del plantón magisterial. No fue así.
Desde noches antes del 14 de junio dormíamos con el radio encendido escuchando las transmisiones de Radio Plantón. Como canción de Miguel Ríos: “Dormíamos poco y mal; quemando la salud”. En 2006 aún no existían las redes sociales y la forma de mantener informada a la sociedad era a través de la radio. Los medios de comunicación, salvo contadas excepciones, estaban controlados por el gobierno estatal.
La noticia que no queríamos escuchar, pero que a la vez era la noticia esperada: “Entró la policía al Zócalo”.
Después de su ingreso a la Plaza de la Constitución ya no se volvió a escuchar más. Más bien, la última expresión que se escuchó fue: “Están entrando”. Era la señal que todos esperábamos para salir de nuestras madrigueras, apenas amaneciendo, y llegar en grupos, en parvadas, al Centro Histórico.
La sociedad organizada o semi organizada empezó a confrontar al raquítico cuerpo de policía que no podía hacer más frente a una fuerte concentración de personas de todas las edades decididos a echarlos del Zócalo. El penetrante olor a gas lacrimógeno que lanzaban los helicópteros desde las alturas enardeció más a la población. La policía tuvo que tocar retirada hacia las 8 de la mañana. Ese día se había ganado la primera batalla.
Se había logrado recuperar el Zócalo, pero el escenario era desolador: toldos destruidos, plásticos quemados. Se respiraba destrucción y humo.
“El fallido desalojo al plantón magisterial”, así se conoció a este episodio. No. Desafortunadamente no fue un fallido desalojo, fue efectivamente un desalojo completo, inmediatamente repelido por la población.
Este fue el inicio de una historia que construyó un nuevo ciclo de revueltas en Oaxaca. Fue una experiencia de seis meses de desgobierno: del 14 de junio de 2006 al 25 de noviembre del mismo año.
La trifulca dio inicio a un experimento social que no habíamos tenido en Oaxaca. El desgobierno dio cauce a una amplia discusión y debate sobre lo que se pretendía construir en Oaxaca, en medio del terror y del asedio: hostigamiento, violaciones a los derechos humanos, caravanas de la muerte, operativos fracasados de la policía estatal y federal. Nunca antes hubo tanta energía social acumulada. Estas novedosas, y a la vez antiguas, formas de organización dieron origen a la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO).
Este escenario, entendido como una representación performática, propició lo que señala Augusto Boal en el Teatro del Oprimido: “el público se vuelve activo, de modo que, como ‘espect-actores’, las personas exploran, muestran, analizan y transforman la realidad en la que viven”.
En 2006 se intensificó el descontento social frente a gobiernos autoritarios y corruptos. Esta fecha constituye no solo una conmemoración, sino también una oportunidad para ejercer la memoria colectiva. Es un recordatorio de que los pueblos no olvidan las experiencias de lucha, organización y resistencia. La revuelta social de 2006 en Oaxaca fue una expresión contundente de esa memoria histórica y de la capacidad colectiva para cuestionar y transformar el orden establecido.





